El periodismo no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse." — Ryszard Kapuściński»


Nunca había sentido miedo por el periodismo. No miedo por mí, sino miedo por la profesión.

Llevo días leyendo el nuevo Código Penal, las modificaciones aprobadas antes de su entrada en vigor y escuchando distintos análisis jurídicos y mentras avanzo entre artículos, responsabilidades penales, sanciones y penas complementarias, no puedo evitar hacerme una pregunta que cada día pesa más sobre mi conciencia:

¿Qué clase de periodismo estamos construyendo para el futuro? Mi preocupación no es una sola: 

1- Me preocupa la economía de los medios.
2-Me preocupa que empresarios, propietarios, directores y editores comiencen a preguntarse si vale la pena asumir determinados riesgos para sostener un medio de comunicación.
3-Me preocupa que el temor a procesos judiciales, a las consecuencias patrimoniales previstas por la ley cuando correspondan, o a otras sanciones que puedan derivarse de una condena termine influyendo en decisiones editoriales que hoy deberían responder únicamente al interés público.
4-Me preocupa que la autocensura aparezca mucho antes que una sentencia.
5-Me preocupa que algunos medios, por miedo o por necesidad, terminen renunciando a investigar aquello que incomoda.
6-Me preocupa que el silencio se vuelva una estrategia de supervivencia.
7- Y me preocupa profundamente ver a tantos periodistas guardar silencio mientras uno de los debates más importantes para el futuro de la profesión transcurre frente a nosotros.

No escribo estas líneas para afirmar que toda disposición del nuevo Código Penal afectará inevitablemente al periodismo. Tampoco para negar la necesidad de que existan responsabilidades cuando se vulneran derechos.

Escribo porque toda reforma que pueda influir en el ejercicio de informar merece un análisis profundo y sereno y porque el periodismo no puede darse el lujo de permanecer indiferente.

Mientras muchos centran la discusión en los comunicadores digitales, siento que estamos dejando fuera una pregunta aún más importante.

¿Qué ocurrirá con los medios tradicionales?

Algunos parecen pensar que, si disminuye la competencia de las plataformas digitales, periódicos, emisoras de radio y canales de televisión recuperarán el terreno perdido, sin embargo,  creo que ocurre exactamente lo contrario.

El periodismo no es una competencia donde la desaparición de un actor fortalece a los demás. Es un ecosistema y cuando una parte se debilita, todo el sistema pierde.

Los medios tradicionales ya enfrentan enormes desafíos económicos desde hace tiempo. La inversión publicitaria cambió, las audiencias migraron a nuevas plataformas y sostener una sala de redacción exige un esfuerzo financiero cada vez mayor.

A ese escenario se suma ahora una inquietud legítima: cómo podrían incidir las nuevas disposiciones penales en las decisiones de quienes financian, dirigen y administran empresas periodísticas.

El nuevo Código Penal desarrolla la responsabilidad penal de las personas jurídicas y contempla, para determinados supuestos, la posibilidad de imponer penas complementarias, entre ellas el decomiso de bienes utilizados en la comisión de una infracción y otras sanciones previstas por la ley.

Corresponderá a los tribunales interpretar y aplicar esas normas caso por caso. Sin embargo, más allá del desenlace de un proceso judicial, existe un efecto que suele aparecer mucho antes.

El miedo.

Porque un empresario no necesita ser condenado para decidir no invertir, un editor no necesita recibir una sentencia para optar por no publicar una investigación; un director no necesita perder su empresa para preferir el silencio antes que el riesgo y un periodista no necesita pisar una cárcel para comenzar a autocensurarse.

Ahí comienza el verdadero peligro.

No cuando se dicta una condena, sino cuando el miedo modifica las decisiones antes de que la justicia siquiera intervenga.

La economía fue la primera preocupación que tuve y la vocación fue la segunda. Con el tiempo comprendí que ambas están profundamente unidas.

Aspiro a ser docente universitaria. Sueño con mirar un aula llena de jóvenes convencidos de que vale la pena dedicar su vida a investigar, preguntar y contar historias, pero cada vez me resulta más difícil responder una pregunta sencilla.

¿Qué responderé cuando un estudiante me pregunte si vale la pena estudiar periodismo?

¿Le hablaré únicamente de salarios limitados, de redacciones cada vez más pequeñas y de un mercado laboral incierto?

¿O tendré que decirle que ejercer esta profesión también implica desenvolverse en un entorno jurídico cada vez más complejo, donde la interpretación y aplicación de determinadas normas genera inquietudes entre quienes tienen la responsabilidad de informar y entre quienes sostienen económicamente los medios?

No quiero formar periodistas que aprendan primero a tener miedo. Quiero formar periodistas que aprendan primero a buscar la verdad.

Pero ningún profesor puede ignorar el contexto histórico en el que enseña.

Ningún estudiante decide su futuro aislado de la realidad que observa. 

Si aumentan los riesgos percibidos para invertir en medios, disminuirán las inversiones y si disminuyen las inversiones, habrá menos oportunidades para los periodistas y si cada vez menos jóvenes consideran que el periodismo ofrece un futuro posible, perderemos algo más valioso que una profesión.

Perderemos el relevo generacional de una de las instituciones más importantes de toda democracia.

La frase de Kapuściński con la que inicié este texto sigue resonando con fuerza.

El periodismo consiste en encender la luz.

Pero hay algo que me preocupa aún más que la oscuridad. Me preocupa que llegue el día en que nadie quiera acercarse al interruptor.

Porque cuando una sociedad deja de inspirar periodistas, no solo pierde reporteros. Pierde memoria, vigilancia sobre el poder,  ciudadanos mejor informados y comienza, casi sin darse cuenta, a acostumbrarse al silencio.

Y ese silencio, más que cualquier sentencia, es el que verdaderamente debería preocuparnos.


Elsa Báez

Publicar un comentario

0 Comentarios